Comentar 13 MARZO 2013

Guillermo III, el último Rey de los Países Bajos

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Hace más de un siglo que los holandeses no tienen un Rey. Concretamente: desde que Guillermo III de Holanda fallece en 1890 y deja a su hija pequeña como Heredera al trono. El último Rey de los Países Bajos es un soberano conservador, autoritario, caprichoso, temperamental y mujeriego que rige los destinos de un joven Reino, creado en 1815 sobre las ruinas de las conquistas napoleónicas.

El país se extiende por todo el actual Benelux y nace el 19 de febrero de 1817 en Bruselas. Su padre, Guillermo II, asciende al trono en 1840 y comienza un breve reinado progresista de nueve años. Un año antes, su Heredero se había casado con su prima Sofía, hija del rey Guillermo I de Wurtemberg y de la gran duquesa Catalina Pavlovna de Rusia. Un matrimonio de conveniencia en el que la consanguinidad hará estragos: los tres hijos varones nacidos de esta unión morirán prematuramente y sin descendencia.

El 'rey Gorila'
Guillermo III sucede el 17 de marzo de 1849, a la edad de 32 años, a su padre. El nuevo soberano aplica de mal grado los cambios constitucionales iniciados en 1848 por su padre y por el Primer ministro Johan Rudolf Thorbecke que limitan el poder real. Nombra un gabinete liberal que, en virtud de la nueva constitución, reorganiza la administración de las provincias y de los municipios, reforma la justicia y la economía pública, instaura la libertad del comercio marítimo... Pero sus torpes tentativas de reforzar sus atribuciones le hacen rápidamente impopular.

Sus excesos llevan al New York Times a apodarle el Rey Gorila y a considerarle como el monarca más decadente de la época y la reina Victoria de Inglaterra, que mantiene correspondencia con la reina Sofía, lo llama “patán maleducado” al enterarse de que no sólo no tiene ningún gusto por la cultura sino que además prohíbe el ejercicio intelectual en casa. Su tolerancia religiosa, que favorece el vuelo del catolicismo, provoca también el descontento de los calvinistas, que le acusan de hipocresía.

Su infeliz matrimonio también repercute en las tensiones palaciegas. Su carácter cambiante, sus continuas discusiones, pero sobre todo las aventuras del Rey disgustan a la reina Sofía, la antítesis de su ardiente marido: intelectual, liberal, romántica, y poco interesada por el amor carnal. La incompatibilidad conyugal no tarda en salir a la luz provocando un escándalo público. Sofía de Wurtemberg se separa definitivamente de su marido en 1855 y se instala en el palacio de Huis ten Bosch, donde reside hasta su muerte, veintidós años más tarde.

 

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Segunda oportunidad
Tras su viudez, Guillermo III tiene una sola idea en la cabeza: volver a casarse cuanto antes para asegurar la continuidad dinástica. Ninguna princesa se precipita a compartir vida con este monarca sexagenario. Le rechazan varias, antes de que Emma de Waldeck-Pyrmont, princesa de una de las casas reales alemanas más pequeñas, consienta finalmente en casarse con un pretendiente 41 años mayor. El matrimonio se celebra el 7 de enero de 1879 en Arolsen. Al año siguiente, la joven Reina le da una niña, a la que pondrán de nombre Guillermina. La desaparición sucesiva de todos los miembros masculinos de la dinastía Orange-Nassau obliga a Guillermo III a abolir la ley sálica en 1884 para que la pequeña princesa pueda peinar la corona holandesa.

Son una familia feliz. Parece que la benéfica influencia de la reina Emma sobre la caprichosa personalidad del Rey, le lleva a moderar sus impulsos y a volver a costumbres más refinadas en el curso de los últimos años de su existencia. Fallece el 23 de noviembre de 1890 en Het Loo, dejándole a su viuda, la reina Emma, una regencia que ejercerá con sagacidad en nombre de su hija Guillermina. En cuanto a Luxemburgo, donde todavía rige la ley sálica en virtud a un antiguo pacto de familia, se escinde de los Países Bajos y echa a volar con alas propias, bajo el cetro del gran duque Adolphe de Nassau, antepasado del actual soberano.

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